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VIDA RELIGIOSA

Por: Chaim Raitport
Rabino de la Unión Israelita de Caracas
rabinoraitport@gmail.com

El espíritu de la tzedaká

M uchos de nosotros rechazamos agradecimientos por haber sido caritativos. No nos gusta cuando la persona a la que hicimos un donativo emite montones de bendiciones. Por lo general, hacemos un gesto desdeñoso y esperamos a que se marche.

No nos molestamos en pensar en cómo tal actitud podría hacer sentir a quien rechazamos pese a que lo ayudamos. ¿Por qué el rechazo a los cumplidos? Quizá por sentir que no somos dignos de elogios por haber actuado como todo ser humano debiera hacerlo. El pobre individuo que ofreció un cumplido, sin embargo, no sabe por qué fue rechazado. Se puede haber hecho un donativo, pero al mismo tiempo humillar al receptor. ¿Sigue siendo una mitzvá la caridad otorgada?

Técnicamente, la respuesta es sí. Caridad se trata de ayudar a los pobres. Si uno se muestra amistoso o aplasta un espíritu, el destinatario recibió auxilio. Pero cada mitzvá tiene un cuerpo y un alma. Se puede dar cuerpo a la mitzvá, pero no quitarle el alma. El alma de la caridad es compartir amor y preocupación. En otras palabras, la caridad se debe otorgar con sentimiento.

Sobre la caridad dice la Torá: “No endurezcas tu corazón o cierres tu mano a tu hermano indigente. Más bien hay que abrir la mano varias veces”. En este punto, la Torá inicia con la exhortación a no endurecer nuestros corazones, luego menciona el no cerrar nuestra mano. Aunque el mandamiento es abrir nuestras manos varias veces, porque la caridad es técnicamente sobre el donativo material, hay mucho más en la caridad que la entrega del bien. Se inicia con el corazón; para dar verdaderamente, hay que hacerlo desde el corazón.

Es fácil proclamar un sentimiento de preocupación por los indigentes, manifestar expresiones de simpatía, antes de pasar al siguiente punto en una conversación. Sin embargo, la verdadera intención no puede detenerse en la expresión oral, sino que debe manifestarse con una acción. Un sentimiento no traducido en actividad no es genuino. Por el contrario, dar sin sentimiento impide crear un vínculo. No le permite a los donantes y receptores recordarles que son hermanos. Forjar este vínculo es la esencia de la caridad, que es quizá la razón por la que Torá enfatiza repetidamente que el necesitado es nuestro hermano.

En un nivel más profundo, podemos explorar la caridad como una mitzvá que dramatiza la trasformación de lo espiritual e intangible en lo físico y tangible. Un donante que se entera de la situación de una persona pobre se siente motivado por el deseo de ayudar. La simpatía y la preocupación son intangibles, no tienen relación con el mundo real, a menos que se les dé una expresión material. Cuando uno encuentra la manera de canalizar estas emociones, en ayuda concreta a los pobres, lo espiritual se convierte en una realidad física. Así pues, la caridad nos presenta un claro cruce entre los mundos espiritual y físico.

Otro aspecto acerca de la caridad se refiere al hecho de que no importa de que tan generosamente se da, el acto no capta toda la grandeza y la intensidad de la preocupación del donante. La profundidad emocional es siempre mayor.

Todo esto es un reflejo de la forma en la que Dios creó el mundo. Antes de crearlo, solo existía el deseo divino de crear. Entonces Dios decidió dar expresión al deseo y optó por crear. Al principio, la creación constaba de una expresión espiritual a través de las miríadas de luces y energías metafísicas que emanaron de él. Pero Dios no estaba satisfecho con estas, quería un universo físico. Para crearlo, cruzó la línea divisoria entre lo intangible y lo tangible.

Las dos cosas que son verdad en la caridad son, por lo tanto, también verdades de la creación. En primer lugar, el deseo espiritual no se concretó hasta que Dios tomó la decisión de cruzar la línea divisoria entre lo tangible e intangible; en segundo lugar, el universo físico que surgió no capturó la energía infinita y exquisitamente radiante que estaba presente antes de la creación.

La filosofía jasídica enseña que cada día, cada minuto y cada segundo Dios toma la decisión sobre la continuidad del acto de la creación. Él decide si extiende el acto de la creación de los canales de energía espiritual a la realidad física, o permanece en el otro lado de la línea divisoria. Del mismo modo, cada vez que Dios nos otorga una bendición, él decide si el flujo de la bendición cruza la brecha a la realidad física y toma forma concreta en nuestras vidas, o permanece en forma espiritual para ser disfrutado por nuestras almas.

Cuando damos caridad, hacemos la misma decisión que pedimos que Dios haga cuando le suplicamos por vida y bendición. Cuanto más a menudo traducimos nuestras emociones intangibles en el dar tangible, así mismo él incrementa bendiciones tangibles sobre nosotros y nuestras familias. Cuanto más a menudo damos, más decidido está Dios en continuar el acto de la creación.

La caridad es un pilar de la creación porque nos da la oportunidad de crear. Mientras que antes solo había bondad, ahora ese sentimiento se ha convertido en una acción que ha asumido forma física. Cuando decidimos cruzar esa brecha y traducir nuestra energía espiritual en acción material, física, Dios también lo hace.

Esto es cierto, sin embargo, solo cuando nuestra caridad refleja una emoción caritativa. Cuando el acto de entrega se hace sin sentimiento, es posible que hayamos proporcionado técnicamente ayuda a los pobres, pero no hemos logrado tender un puente entre el cielo y la tierra. Fallamos en establecer una relación con Dios a los niveles más altos, y por lo tanto no logramos estimular un flujo espiritual que resulté en bendición para nosotros y para el mundo.

Esta es la razón por la que dar, de y con corazón, es crucial. Es por ello que es tan importante comunicar alegría al ayudar a los pobres.

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