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SHIVÁ

Alfons Wittels

Z’L

1931-2016

L legaste aquella mañana fría a Londres, tenías tan solo ocho años. Atrás habías dejado a tu familia, tu infancia y tu inocencia, solo llevabas contigo aquella carta que te había entregado tu padre, quien en medio de la angustia y el dolor quiso expresarte su amor, el deseo inmenso de que siguieras el camino que te había enseñado y que tanto le hubiese gustado recorrer contigo. Aunque indudablemente él estuvo presente en cada uno de tus pasos y en cada año de vida, no físicamente, pero sí en espíritu, en alma y siendo para ti tu ángel de la guarda.

Papá, no sé cómo lo hiciste, no sé cómo en medio de tanta adversidad y luego de vivir tanta maldad, odio y soledad, trasformaste la oscuridad en luz, el dolor en amor. No sé cómo nos diste tanto, o tal vez sí lo sé: solo el amor lo hace. El amor que te enseñaron a sentir y con el cual pudiste sobrevivir, no olvidando lo vivido sino más bien pensando en lo que vendría, y aprendiendo que aun cuando la vida no sea lo que soñaste hasta entonces, siempre podrás seguir soñando y querer volar.

Tú volaste tan alto que no llegó a tocarte la maldad, tan lejos que permaneciste limpio y libre de odio. A pesar de las preguntas, que seguramente invadían tu cabeza sin poder explicarte por qué pasaba todo eso, de no poder estar junto a quienes te dieron la vida, de tu interior brotó la fuerza, el valor para sobrevivir.

A tu actitud de fortaleza le debo mi vida, por tu valor estoy aquí. Papá, hoy te escribo esta carta para decirte que siempre te amaré como solo tú me enseñaste a hacerlo. Quiero que sepas que soy feliz, que tengo una familia maravillosa, una profesión que me llena y la vida que quiero tener.

Nada de esto lo hubiese logrado sin ti, sin tu apoyo, sin tu ejemplo, sin tus palabras de aliento y tu dedicación. Te agradezco tantas cosas, papá, cada sonrisa de mis hijos y mía, cada año cumplido, cada sueño realizado, cada paso que doy lleva tu nombre. Mis logros son más tuyos que míos. No me alcanzará la vida para agradecerle a Dios que me haya escogido para ser tu hijo.

Bendito soy entre todos los hombres, pues gracias a ti he sido feliz. Bendito soy por llevar tu sangre, la sangre de mis abuelos, la sangre del valor, del amor siempre dispuesto, de la unión y de la fuerza.

Quisiera ser para mis hijos un padre como lo fuiste tú, espero que ellos puedan verme a mí con los mismos ojos de admiración y orgullo con los que yo te vi a ti, que sientan el orgullo que por ti siento, y que desde el cielo vieras cómo aquella carta de amor trascendió más allá de sus deseos, logrando hacer de nuestra familia la más hermosa y la más valiosa.

Sé que no esperabas de la vida más que vernos felices. Puedes estar tranquilo, papá: soy muy feliz, todos lo somos, pues te tuvimos a ti. Una vez más le agradezco a Dios que permitió que hayas sido mi padre.

¡Te amaré siempre solo como tú me enseñaste a amar!

George Wittels

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